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23 octubre 2021 9:54 am

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Día 21: La vida que nunca imaginamos

Siempre soñamos con tener una vida mejor. O deberíamos, que para eso somos seres racionales. En algún momento de nuestra existencia, seguramente cuando salimos del despacho de loterías, nos hemos visualizado en una onírica playa de Phuket, en Thailandia, meciendo entre nuestros dedos esa arena albina mientras observamos cómo nuestra pareja se sumerge bajo el agua.



Tal vez a la sombra del Cristo Redentor, en Río de Janeiro, a 17.616 kilómetros de Wuhan, sintiéndonos igual que Jack y Rose en la proa del Titanic, creyéndonos los reyes del mundo.







Siempre soñamos con tener una vida mejor. No tener que trabajar y pasar las noches en un porche rodeado de jazmines puede ser otra opción, con una copa de vino, un buen libro, algo de luz y la compañía de quienes queremos. En este mundo paralelo, edificable incluso tras una vida intensa de trabajo y exenta de azar, no caben los viajes ni las aventuras porque nuestro espíritu es más perezoso. Pero es otro anhelo igual de admirable.







De vez en cuando soñamos con mantener la vida que tenemos. No es fantástica ni plena en todos los sentidos, pero es dignamente llevadera. No falta la comida en casa, la salud, una asumible rutina que nos transporta de aquí para allá, con horarios marcados y pautas establecidas. Sabes que hay quienes viven mejor, pero también reconoces que otros lo pasan peor. Puede que sea zona de confort o lugar de aforo limitado, pero ya lo tienes más que asumido y pocas cosas te convulsionan.







Todo esa está muy bien, para que engañarnos pero lo que probablemente nunca soñamos fue tener una vida como la que ahora nos ha caído del cielo…o del infierno. Y encima, a casi todos por igual. Al tipo que se dejó unos cuantos euros en Paton Beach, a la pareja que se fotografió con el Pan de Azúcar detrás o a la familia que llevó a un amigo de la Península a la Degollada de Becerra para decirle: “Toma, siéntete como Unamuno”.







A todos ellos ahora sólo les queda una única e igualitaria frontera, la que delimita las paredes de su casa o, en el mejor de los casos, el muro perimetral del chalé, exclusivamente franqueable según unas pautas que lo que buscan es proteger un estilo de vida, una supervivencia que se nos pierde entre los dedos ante nuestra incredulidad e impotencia y la frivolidad de unos pocos.







Es la vida que nunca imaginamos, la que, como mucho, vislumbrados años atrás, sin saberlo, sentados en una butaca de cine. Ya sabes, una horda de zombis deambula por calles muertas o ese otro escenario donde reina el más absoluto de los silencios, pero igual de diabólico. En otro planteamiento, el más cercano a la que nos está tocando vivir, es una guerra bacteriológica la que nos atenaza y no sabemos cómo vencerla, sólo que en esa trama aparece a última hora un científico excéntrico que da con un antídoto en menos de 90 minutos.







Y de momento, nuestra película del presente, que no es tal, ha mutado en docudrama al que no logramos ponerle fin. ¿Qué les voy a contar que ya no sepan?







21 días con una vida que nunca imaginamos, perdidos como Bill Murray en un bucle, soñando con la tesis de que todo sea una mala pesadilla, que al abrir los ojos no exista lo que ahora nos está demostrando lo vulnerables que somos. Animales que pasean sin miedo por los parques, humanos enclaustrados, distancia social, mascarillas, gel, adiós a los abrazos, abuelos a través de un plasma, esa niña de la cuña que dice “En cuanto pueda voy a verte, ¿Vale, abuela?” y te humedece despiadadamente los ojos…







Echamos de menos aquello que tanto denostábamos, como el compartir pasillo en una guagua o hacer cola a la entrada de un concierto. ¿Quién lo iba a decir? La ciudad que dejó de ser ruido y caos para convertirse en algo irreconocible. Las Canteras sin un alma; la piazza del Duomo vacía; la del Sol y la de Cataluña, igual de desiertas. Y ahí fuera hay algo, de entrada invisible y a lo que tememos como se teme a todo aquello que no podemos ver y nos puede hacer daño.







Pasan los jornadas y no todo sigue igual. Nos perdemos con el peralte de la curva, nos angustian las cifras, nos rompe por dentro la pérdida de alguien conocido. Nos sentimos impotentes porque nos cuesta ver la luz al final del túnel, eso a pesar de que hace más de 50 años mandamos a tres tipos a la La Luna y con esto, aparentemente más cercano, nos mostramos impotentes.



Los sábados por la tarde noche, como este en el que nos encontramos, se han convertido en momentos de expectación. Ya no juega la selección ni somos los reyes del mundo. Aún así, buscamos un hálito de esperanza, confiando en que alguien nos diga que nos van a sacar en breve del coma. Pero los fines de semana ya no son fines de semana, y los días entre semana ni siquiera se le pueden llamar días porque se nos desbarataron los esquemas y nos cayó encima otra realidad a la que amoldarnos.







Ruedas de prensa, retos, convivencia en modo Gran Hermano, aplausos, recuento. Ruedas de prensa, retos, convivencia en modo Gran Hermano, aplausos, recuento. Y otra vez. No es una errata, no ha sido un copia y pega. Es la vida en abril de 2020. Y ya no nos reímos de Bill Murray porque esta es la existencia que nunca imaginamos, la que arrastramos desde hace 21 días y la que tendremos que seguir sobrellevando otros 21, pues es esto o la nada.







Eso sí, aunque no lo creamos, en algún momento nos la sacudiremos de encima, el maldito coronavirus, el COVID-19 y puede que hasta que, con algo de suerte, algún día logremos pisar esa playa thailandesa del primer párrafo que tan plásticamente luce en la pared de nuestro cuarto. Allí donde queremos que reinen nuestros sueños más plácidos y no esta incertidumbre de pesadilla.

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