Tajogaite, cinco años después de la erupción que transformó La Palma

La lava se detuvo en diciembre de 2021, pero la isla continúa adaptándose a un territorio distinto, mientras la reconstrucción, la vigilancia y la investigación siguen escribiendo la historia de un paisaje que ya no es el mismo

Hay lugares de La Palma en los que el calendario todavía se mide en relación con el Tajogaite. Antes y después de la lava. Antes y después de las evacuaciones. Los grandes cambios suelen necesitar generaciones para hacerse visibles, pero en La Palma uno de ellos ocurrió en apenas unas semanas. El terreno se abrió, las coladas avanzaron sobre zonas habitadas y agrícolas y miles de personas tuvieron que abandonar sus hogares mientras un nuevo volcán modificaba el horizonte.

Vistas del volcán Tajogaite desde la carretera sobre la colada LP213
Vistas del volcán Tajogaite desde la carretera sobre la colada LP213. Kike Rincón / Europa Press

Cinco años después, la erupción pertenece al pasado, pero sus consecuencias siguen formando parte del presente. La lava dejó de avanzar el 13 de diciembre de 2021, después de 85 días y ocho horas de actividad. Desde entonces, la isla ha tenido que afrontar una tarea de una naturaleza muy distinta: reconstruir viviendas, recuperar infraestructuras, reactivar actividades económicas y aprender a convivir con un territorio que ya no puede ser exactamente el mismo. Porque el volcán está quieto, pero la historia que provocó sigue moviéndose.

La dimensión de una montaña nueva

El territorio ofrece una forma precisa de medir lo sucedido. Las coladas cubrieron 1.219 hectáreas y recorrieron hasta 6,5 kilómetros en superficie. Al alcanzar el Atlántico formaron dos fajanas que añadieron unas 48 hectáreas a la superficie de la isla. El volumen de material emitido superó los 200 millones de metros cúbicos.

También cambió la silueta de La Palma. El nuevo edificio volcánico alcanzó los 1.121 metros sobre el nivel del mar y se elevó aproximadamente 200 metros sobre la topografía anterior. En algunos momentos de la erupción, la columna eruptiva llegó hasta los 8.500 metros de altura.

Son cifras que permiten comprender la magnitud física de la transformación, aunque difícilmente pueden expresar por sí solas lo que significó para quienes vivían en las zonas afectadas. La lava no ocupó únicamente una superficie determinada en un mapa: sepultó viviendas, cultivos, carreteras e infraestructuras y alteró para siempre la relación de muchas personas con el lugar donde habían vivido.

Vista de la colada junto a plataneras en una finca en el municipio de Tazacorte
Vista de la colada junto a plataneras en una finca en el municipio de Tazacorte. Kike Rincón / Europa Press

Cuando terminó la erupción empezó otra espera

Durante aquellas 85 jornadas, la atención estuvo concentrada en el avance de las coladas y en la protección de la población. Después comenzó un tiempo diferente. La destrucción había sido rápida; la recuperación necesariamente sería lenta.

El final de la actividad volcánica cerró una emergencia, pero abrió un proceso mucho más largo. Había que reconstruir lo que había desaparecido y, al mismo tiempo, tomar decisiones sobre un territorio que ya no respondía a las condiciones anteriores a la erupción. Esa diferencia entre la velocidad de la lava y la de la reconstrucción explica buena parte de estos cinco años. El volcán necesitó unas semanas para modificar el territorio; recuperar una vivienda, una carretera, una explotación agrícola o un servicio requiere mucho más tiempo.

La reconstrucción tampoco ha consistido simplemente en reproducir lo que existía antes. En muchos lugares ha obligado a buscar nuevos trazados, nuevas soluciones y nuevas formas de organizar el espacio. La isla no ha estado intentando borrar la huella del volcán, sino encontrar una manera de seguir adelante sobre ella.

Vista de una casa arrasada por la lava en Las Manchas, Los Llanos de Aridane
Vista de una casa arrasada por la lava en Las Manchas, Los Llanos de Aridane. Kike Rincón / Europa Press

Volver no significa regresar al mismo lugar

En Puerto Naos y La Bombilla, la palabra «volver» tiene un significado especialmente concreto. El regreso a las viviendas se ha producido de manera progresiva y continúa condicionado por el control de las concentraciones de dióxido de carbono. La actualización más reciente del Cabildo, del 15 de septiembre de 2026, sitúa en 1.182 las viviendas autorizadas para el regreso en Puerto Naos y en 65 las de La Bombilla. La autorización está vinculada al cumplimiento del protocolo de seguridad y a la documentación correspondiente.

Detrás de cada autorización existe una red de vigilancia que se ha convertido en parte de la vida cotidiana de estos núcleos. El proyecto Alerta CO₂ cuenta con alrededor de 1.600 medidores distribuidos entre viviendas, locales, garajes y espacios exteriores, proporcionando información sobre la evolución de los gases.

El regreso tampoco se limita a las viviendas. Durante 2026 se han autorizado nuevas actividades comerciales y se han producido avances en la recuperación del litoral. En julio, por ejemplo, se redujo la zona restringida de Puerto Naos y se permitió nuevamente el baño en una parte de Playa Chica tras la evolución favorable de los datos de CO₂. La recuperación, por tanto, no tiene un momento único. Se produce vivienda a vivienda, establecimiento a establecimiento y espacio a espacio.

Casas de madera entregadas a cinco familias de afectados por la erupción del volcán Tajogaite
Casas de madera entregadas a cinco familias de afectados por la erupción del volcán Tajogaite. Kike Rincón / Europa Press

El volcán que todavía se estudia

Hay otra forma de volver al Tajogaite: hacerlo a través de los datos. La erupción terminó, pero la información obtenida durante aquellos meses continúa siendo objeto de estudio. El Instituto Geográfico Nacional registró durante el proceso eruptivo 8.652 terremotos, a los que se suman alrededor de 1.400 eventos preeruptivos. El mayor alcanzó una magnitud de 5,1 mbLg. La estación GNSS LP03 detectó una deformación vertical máxima de 33 centímetros.

A esos registros se añaden los análisis de gases, rocas y materiales emitidos. Cada uno de ellos permite reconstruir diferentes fases del proceso y mejorar el conocimiento sobre el comportamiento del sistema volcánico antes y durante una erupción.

Cinco años después, el Tajogaite continúa siendo también un laboratorio natural. La actividad terminó, pero las preguntas científicas no lo hicieron con ella. Los datos obtenidos permiten estudiar cómo se inició el proceso, cómo evolucionó el magma y qué señales precedieron a la apertura de la tierra.

En noviembre de 2025, más de 200 profesionales participaron en La Palma en la conferencia internacional «Tajogaite Eruption», una muestra del interés científico que continúa despertando el fenómeno.

Un técnico de Involcan contempla la erupción del volcán Tajogaite
Un técnico de Involcan contempla la erupción del volcán Tajogaite. Cabildo de Tenerife

De emergencia a territorio

Hay un momento en el que un fenómeno deja de ser únicamente una noticia y empieza a convertirse en geografía. En febrero de 2024, el Cabildo de La Palma oficializó la denominación Volcán de Tajogaite después de un proceso participativo. La propuesta obtuvo el mayor número de apoyos entre las opciones planteadas y la denominación pasó a utilizarse oficialmente para identificar la erupción y el edificio volcánico. El nombre tiene una importancia que va más allá de la nomenclatura. Significa incorporar el volcán al territorio, a los mapas, a la investigación y a la memoria colectiva de la isla.

Y ese proceso continúa. En marzo de 2026, el Gobierno de Canarias abrió a información pública un anteproyecto para ampliar el Parque Natural de Cumbre Vieja e incorporar el cono volcánico del Tajogaite, su entorno de fisuras eruptivas y el campo de coladas generado durante la erupción. La iniciativa contempla también la protección de los nuevos espacios vinculados a los deltas lávicos formados en la costa. Es una evolución significativa. El territorio que en 2021 era una emergencia empieza a ser tratado también como parte del patrimonio natural de la isla.

Vistas del volcán Tajogaite, desde La Laguna
Vistas del volcán Tajogaite, desde La Laguna. Kike Rincón / Europa Press

Cinco años después

Los aniversarios sirven para poner una fecha al pasado, pero también para medir lo que ha ocurrido desde entonces. Cinco años después del Tajogaite hay viviendas que han recuperado la autorización para recibir a sus habitantes, establecimientos que han vuelto a funcionar, infraestructuras que han sido reconstruidas y nuevos espacios del territorio que empiezan a incorporarse a la planificación de la isla. Hay una montaña que no existía antes de 2021, unas fajanas que tampoco estaban allí y una enorme cantidad de información científica que continúa siendo estudiada. Pero también permanece una evidencia difícil de ignorar: la recuperación no consiste en devolver el territorio al punto de partida.

La lava transformó una parte del paisaje anterior y creó otro. La tarea posterior no puede deshacer ese cambio; puede construir sobre él. Cinco años después, el Tajogaite permite observar algo que rara vez se percibe con tanta claridad: la naturaleza puede transformar en semanas aquello que una comunidad tarda años en reconstruir. Entre ambos ritmos transcurre buena parte de la historia de La Palma desde 2021.

Fondos marinos del volcán Tajogaite, en La Palma
Fondos marinos del volcán Tajogaite, en La Palma. Instituto Español de Oceanografía (IEO-CSIC)

La lava ya no avanza. El volcán forma parte del paisaje. El regreso a las zonas afectadas continúa, la reconstrucción sigue su curso y la investigación mantiene abiertas preguntas sobre lo ocurrido bajo la superficie. Quizá esa sea la verdadera medida del tiempo transcurrido. No la distancia entre aquel 19 de septiembre de 2021 y este quinto aniversario, sino todo lo que ha ocurrido entre ambos momentos.

Una montaña nueva. Un territorio transformado. Y una isla que ha tenido que aprender a convivir con una geografía que antes no existía. El Tajogaite dejó de ser una erupción activa hace casi cinco años. Lo que dejó la erupción, en cambio, permanece.

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