Este puerto grancanario será la primera parada del papa León XIV en Canarias, un muelle con miles de historias para recordar
Cuando el papa León XIV eleve una plegaria desde el puerto grancanario de Arguineguín por los miles de migrantes fallecidos en cayucos en la Ruta Canaria, por quienes aún arriesgan la vida en el mar y por quienes luchan cada día por rescatarlos, Ousseynou Fall pensará en su hermano.
Este antiguo pescador de la localidad senegalesa de Saint Louis llegó a Gran Canaria el 12 de noviembre de 2020, en su segundo intento de alcanzar las islas. Ousseynou Fall no sabía leer ni escribir, pero el apoyo de una familia de acogida le permitió empezar de nuevo.
Este migrante senegalés aprendió español, se formó y hoy trabaja como cocinero en un hotel. No se marchó de Canarias: es un vecino más de Arguineguín.
Un historia relatada en carta al papa
“Aquí”, dice mientras señala una tapa de alcantarilla al final del muelle, “justo aquí dormí la primera noche después del rescate”. Ousseynou Fall vuelve a menudo a este lugar.
Allí terminaron las noches sin agua, desapareció el miedo a hundirse y comenzó una nueva etapa en su vida. Pero también es el sitio donde recuerda a amigos y familiares que nunca lograron llegar a tierra.
Historias como la suya conmovieron a Francisco, el pontífice que inició su papado en Lampedusa junto a migrantes rescatados del Mediterráneo. El propio Fall le relató su experiencia en una carta que el Vaticano hizo pública en 2023, en una de las ocasiones en las que Francisco expresó su deseo de viajar a Canarias.
La salud se lo impidió, pero el próximo 11 de junio su sucesor cumplirá aquella promesa y comenzará en Arguineguín su visita a Canarias, con un encuentro junto a migrantes, familiares de desaparecidos, equipos de rescate y voluntarios.

Condiciones extremas
El puerto vive estos días un sinparar de movimiento por los trabajos de acondicionamiento previos a la visita de León XIV, pero ya nada queda del campamento donde Ousseynou Fall desembarcó después de que la Salvamar Menkalinan rescatara su cayuco, que ya se hundía.
Según recuerda, era temprana y el muelle estaba lleno: casi 2.000 hombres y mujeres dormían allí hacinados durante días sobre mantas, sin más protección para el sol o la lluvia que unas carpas.
Esa misma mañana lo visitó el juez encargado de velar por las garantías en el centro de detención de migrantes (CIE) de Gran Canaria y describió sus condiciones como «degradantes e inhumanas».
Durante ese mes pasaron por ese pequeño puerto del sur de Gran Canaria 6.357 migrantes. Al final de noviembre este se clausuró a petición del Defensor del Pueblo, cuando ya cargaba con el nombre de ‘muelle de la vergüenza’.

«Fue un momento muy complicado. Cruz Roja tuvo que reinventarse«, recuerda José Antonio Rodríguez Verona, responsable de los equipos de la ONG en Canarias encargados de la primera atención en los puertos a los recién rescatados.
«Ese apelativo por el que todo el mundo lo llama, a mí no me gusta ni nombrarlo. Hicimos un gran esfuerzo para atender a miles de personas en plena pandemia, con todo cerrado», añade Rodríguez.
Rodríguez Verona estaba allí en aquellas fechas y lo sigue estando ahora, lleva tres décadas atendiendo pateras. Menos años de experiencia que él acumula Tito Vilarmea, actual patrón de la Guardamar Urania, el barco de rescate más moderno de Salvamento Marítimo.
Cuando la Menkalinan rescató a Fall, Vilarmea también estaba destinado en Arguineguín, en la Guardamar Concepción Arenal.

Historias de un esfuerzo sobrehumano
Para este marinero gallego, que el papa León XIV haya elegido Arguineguín para dirigirse al mundo también lanza un mensaje. «Yo no lo considero el muelle de la vergüenza, no lo fue. Fue un muelle solidario, un muelle de voluntarios. Todo el pueblo se volcó: comercios, vecinos que traían agua, comida y abrigo. Se doblaron turnos, se hizo un esfuerzo sobrehumano. Para mí fue muelle del orgullo», afirma.
Rodríguez Verona y Vilarmea estarán entre los invitados al encuentro con el papa. «Este trabajo deja heridas, somos humanos», admite el responsable de Cruz Roja, que estos días ha pensado mucho en Eléne Habiba, la niña maliense de 24 meses a la que se le paró el corazón justo en ese mismo muelle, cuando ya estaba a salvo.
El patrón de la Urania reconoce que en ocasiones le asalta cierta sensación de culpa, «porque, por desgracia, hay hundimientos, vuelcos, neumáticas que se pinchan y piensas qué hubiera ocurrido si hubiéramos llegado antes o si el mar hubiera estado mejor».

Cuando leste tipo de situaciones ocurren, se refugia en otro recuerdo, el de aquella madre a la que salvó, una mujer que viajaba con un hijo adolescente completamente tapado con un chaquetón grande y un gorro de lana.
«Bajé para el recuento a identificar si eran varones o mujeres y, entonces, la madre le sacó el gorro, le soltó la melena y le puso unos pendientes, como diciendo: ahora vuelves a ser mujer«.
Tito Vilarmea siempre pensó que aquella mujer había disfrazado a su hija de niño para protegerla de muchos peligros de la ruta y se emociona. «Yo también tengo hijas, ¿sabes?».
Barça o barzakh
Fall escucha en silencio. Acaba de reconocer en el muelle a uno de los marineros que lo rescató en 2020 y apenas logra pronunciar unas palabras de agradecimiento. “En nombre de todos mis compañeros”, subraya.
En el cayuco en el que viajaba murieron cuatro personas, víctimas del frío y la sed. Por eso, cada vez que escucha entre los jóvenes de Saint Louis y de otros lugares de Senegal el lema “Barça o barzakh” —llegar a Barcelona o morir— intenta convencerlos de que no emprendan el viaje. No soporta seguir viendo más muertes.
Cuando recuerda a su hermano, de 23 años, Fall baja la mirada y se le llenan los ojos de lágrimas. “No me dijo nada. Murió en el camino. En el cayuco que apareció en Brasil”. Estas son historias de Arguineguín.


