El director del programa ‘Islas Felices’, que se estrena este miércoles en Televisión Canaria, reflexiona sobre la identidad insular y el vínculo entre mar y calidad de vida
Televisión Canaria estrena este miércoles, a las 22:40 horas, ‘Islas Felices’, un nuevo formato que invita a los espectadores a recorrer territorios insulares de todo el planeta a través de la mirada de quienes los habitan. Producido por Videoreport Canarias, la primera temporada viajará por 23 islas de 14 países, en un itinerario que conecta archipiélagos y territorios insulares de Europa, Asia, África y América.
Con motivo del estreno, César Armas, director de Contenidos de Videoreport Canarias, hace balance de esta aventura televisiva que ha llevado al equipo a rodar en algunos de los enclaves más remotos del globo.
En la entrevista reflexiona sobre el concepto de “felicidad isleña”, una idea que surge al hilo del anterior programa, ‘Macaronesia, Islas Felices’, y que hunde sus raíces en la Antigüedad clásica.
Después de dos exitosas temporadas de ‘Macaronesia, Islas Felices’ en Televisión Canaria, ¿cómo surge la idea de ampliar ese viaje atlántico y llevarlo hasta islas de todo el mundo?
Este nuevo programa nace, en cierto modo, como una prolongación natural tras el éxito de ‘Macaronesia, Islas Felices’, un título que hacía referencia al apelativo que los griegos dieron Canarias. El término “Macaronesia” hace referencia a los cinco archipiélagos del norte del Atlántico, entre ellos Canarias, y significa, precisamente, “Islas Afortunadas” o “Islas Felices”.
Con este nuevo formato hemos querido ampliar el foco a otros rincones insulares del planeta donde sus habitantes presumen de una vida feliz.
Desde el punto de vista antropológico, el hecho insular marca profundamente la experiencia vital. Vivir rodeado de mar, mirar el horizonte desde todas las perspectivas o vivir en contacto con la pesca o los deportes acuáticos, genera muchas similitudes entre comunidades insulares de todo el mundo, a pesar de sus diferencias. Hemos viajado a más de 20 países diferentes, a islas que pertenecen a archipiélagos y otras que son países en sí mismos, como Puerto Rico o Irlanda. Islas con culturas, idiomas y gastronomías totalmente diferentes, como es el caso de las griegas o asiáticas, pero que comparten comportamientos y formas de vida muy similares.
Al final, todo tiene que ver con el ritmo que marca la orilla. Vivir rodeados de mar, la importancia del sector primario y una vida social y de ocio que aporta un compás distinto al de los territorios continentales.
En esta nueva travesía, ¿qué criterios siguieron para seleccionar las islas que formarían parte del recorrido?
Al tratarse de una primera temporada, hicimos una selección variada para que el espectador pudiera viajar en cada entrega a destinos muy distintos. Desde paraísos turísticos habituales, que todos conocemos, hasta islas prácticamente desconocidas, de las que no habíamos oído hablar.
De hecho, incluso el propio equipo descubrió territorios que ni siquiera sabíamos ubicar en el mapa. Un ejemplo es Santa Cruz del Islote, en Colombia. Una isla artificial, cero turística, que está considerada la más densamente poblada del planeta, donde viven alrededor 900 personas.
Santa Cruz del Islote es, además, un ejemplo de lo que probablemente tendrá que soportar Canarias es un futuro. Actualmente está sufriendo los efectos del cambio climático, con el progresivo abandono de parte de su población hacia territorio continental por el riesgo de hundimiento. Es una realidad que, en cierto modo, también nos interpela como canarios.
Más que un programa de viajes, ¿podemos decir que ‘Islas Felices’ reflexiona sobre identidad y forma de vida?
Efectivamente. Aunque es un programa de viajes, también aborda cuestiones de identidad. En Macaronesia nos preguntábamos qué vieron los griegos en los archipiélagos del norte del Atlántico para considerarlos los más felices del planeta. Allí descubrimos que, pese a la distancia geográfica y a las diferencias lingüísticas, existía una identidad común, paisajes, climas y gastronomía similares, y también un carácter festivo y social muy marcado.
En esta nueva etapa encontramos muchas más diferencias en clima, gastronomía y costumbres, pero al mismo tiempo, la forma de vida insular mantiene paralelismos claros. Aquí hay más contrastes que semejanzas, pero el sentimiento insular sigue siendo un hilo conductor.
Rodar en islas de distintos continentes implica una producción compleja. ¿Cuáles han sido los principales retos logísticos?
La gestión de permisos en algunas islas ha sido uno de los principales desafíos. Para poder acceder hemos necesitado hasta tres meses de preproducción para tramitar las autorizaciones. Además, muchas de estas islas están muy mal comunicadas. En algunos casos sólo podíamos llegar en barco, con traslados larguísimos. Cuando sales de Canarias, te das cuenta de las facilidades que tenemos para conectar con el territorio continental.
El hecho de que algunas de las islas elegidas no son nada turísticas, complicó la búsqueda de contenidos y entrevistas. Dependimos en gran medida de la colaboración de la población local, que nos abrió las puertas de sus casas. En ocasiones incluso nos alojamos en viviendas particulares porque no existía infraestructura hotelera.
Una isla que recuerdo especialmente es Svalbard, que aparece en el segundo capítulo. Para llegar tuvimos que tomar hasta cinco aviones y rodar a 20 grados bajo cero. En invierno, la oscuridad se prolonga durante cinco o seis meses y apenas hay dos horas de luz al día, lo que limita enormemente las posibilidades de rodaje. Es la isla habitada más al norte del planeta, un territorio políticamente complejo, situado entre continentes.
Después de haber visitado tantas realidades insulares, ¿cuál diría que es la esencia de la felicidad isleña?
Al final, todo se resume en el contacto directo con el mar y ese sentimiento difícil de describir que tiene que ver con el aislamiento, que brinda unas ventajas de vida comunitaria, de pertenencia y preservación de tradiciones, protegidas por el propio aislamiento.
Ese equilibrio entre apertura al mundo, porque el mar también conecta, y aislamiento crea un sentimiento difícil de describir, pero muy presente en todas las islas que hemos visitado. Una identidad más pura y cohesionada que en muchos territorios continentales.


