Esther Torrado, experta en estudios feministas y profesora de Sociología y Antropología ULL, explica la lógica que se desencadena tras estas denuncias, ya sea contra personas conocidas o anónimas: se cuestiona al mensajero y se ataca a las víctimas
En 2017 actrices y celebridades de Hollywood decidieron popularizar un hashtag en redes sociales que cambió la percepción pública del acoso sexual. Le pidieron a las mujeres que hubieran sufrido acoso y violencia sexual que escribieran #MeToo (#YoTambién). La avalancha de millones de mensajes por todo el mundo que desató esta iniciativa dejó claro que no se trataba de un problema aislado. También demostró que era, o es, un problema que se vive oculto y en soledad. Las redes sociales ayudaron a que millones de mujeres pudieran compartir su experiencia sin miedo a la persecución y a entender que es algo que le ocurría a muchas otras.
Pero también destapó otra realidad: la misoginia. Al relato terrorífico de violaciones, acoso, vejaciones y abusos le siguen cada vez dos reacciones que volvemos a ver estos días en el caso de Julio Iglesias. Lo explicaba este jueves en el programa Buenos Días Canarias Esther Torrado, experta en estudios feministas y profesora de Sociología y Antropología Universidad de La Laguna. «Cuando se denuncia acoso, violencia, acoso sexual, explotación sexual a mujeres, siempre suele ocurrir varias cosas. Primero, matar al mensajero. En este caso, cuestionar a los periodistas. Otro modus operandi es dudar del relato de las víctimas. Minimizar los hechos, naturalizarlos e incluso negarlos», señaló.
Misoginia estructural
El caso al que se refiere es el de Julio Iglesias. El Diario junto a Univisión han estado tres años investigando con rigurosidad periodística el caso de varias mujeres que denuncian acoso y agresiones sexuales y trata laboral del cantante. Dos han puesto los delitos en manos de la justicia.
Las reacciones no se han hecho esperar. Se habla de maniobras de los medios, y hasta de políticos y gobierno, para distraer la atención de la opinión pública. Se cuestiona la objetividad del medios y de los periodistas que la publican. Y, sobre todo, se escrudiña a las víctimas, su relato, sus supuestas intenciones ocultas, sus tiempos, sus formas… Todo, menos dirigir la mirada hacia el acusado. O sí. Pero, en muchos casos, para defenderlo. Torrado ahonda en esto: «yo he visto muchos casos de acoso y ves cómo las instituciones y el entorno se ponen de parte del acosador negando los hechos o diciendo «es amigo mío, es una buena persona, no me lo puedo creer». He estado siguiendo las declaraciones de este caso y de otros, como el caso Pelicot, donde se dice ¿cómo las víctimas han tardado tanto en denunciar?».
Es una lógica que responde «a una misoginia estructural. Estamos habituados a que las mujeres tengan que sufrir condiciones de violencia sexual y a que no se denuncie», indica la profesora.
Desalentar a las víctimas
Esta forma de atacar a las víctimas no es casual ni espontánea. Los estudios feministas y la investigación avalan cómo el patriarcado utiliza mecanismos para mantener a las víctimas silenciadas. Y este tipo de reacciones es uno de esos mecanismos. «Quien conoce las cuestiones que tienen que ver con la violencia sexual hacia las mujeres sabe que una mujer que da un paso hacia delante para denunciar ya sea acoso laboral, sexual, violencia sexual de todo tipo, se mete en un infierno judicial«, explica Torrado.
Un infierno judicial y también social. Las miradas se dirigen hacia sus reacciones, su forma de vida, de vestir, de ocio o de sonreír (como se vio en el caso de La Manada). Ahora, testimonio de allegados y conocidos describen las bondades del cantante y califican a las víctimas. “Lo que dicen estas miserables son canalladas”, espetaba el periodista Jaime Peñafiel, amigo de Iglesias, en televisión.
Con este panorama enfrente, las mujeres que sufren acoso o agresiones saben lo que les espera si denuncian. Algo que es igual sea quien sea el agresor y la víctima. «Este caso es muy mediático y la lógica es la misma que con todas las mujeres que dan un paso hacia delante. Hay que esperar a que esto continúe con el procedimiento judicial, pero a mí lo que me sorprende es que nuestro país siga minimizando la violencia, justificándola socialmente y, sobre todo, cuestionando el relato de las víctimas».
Naturalizar la violencia
A pesar de todo esto, Torrado terminó su intervención con algo de esperanza. «Estaba viendo unas imágenes de personas populares, y antes se entendía que el que te den un beso contra tu voluntad, que te obliguen a tener relaciones sexuales en los contextos de trabajo, el que cuestionen tu capacidad profesional, era algo que estaba habitualmente normalizado y el daño minimizado. Afortunadamente, ahora las mujeres están empezando a denunciar«, concluyó.


